Inspiración desde el amor y el respeto hacia una mamá.


IMG_20151114_141426190_HDRhttp://www.elmundo.es/vida-sana/familia-y-co/2016/01/24/56a2057322601dc1368b458c.html

Acabo de leer la nota, y me movilizó hasta los huesos. Me inspira a compartirles lo que me despierta. Y desde aquí le envio a esta mamá, autora de la misma, mi respeto y admiración.

En verdad me siento muy identificada. No por el diagnóstico, uno de los cuales se descartó en todo nuestro “viaje” recorriendo especialistas de toda índole, sino porque con Lu experimentamos vivencias parecidas en todo el transcurso de su jardín y luego primaria.

Llegamos al punto en el que se encuentran la mamá autora del escrito con su hijito. Y llegaba a ponerme feliz con cada logro de lo que era “esperable” en mi hijo.

Luego comenzamos a sentirnos muy cansados de luchar contra toda una enorme cantidad de falencias dentro del sistema. No porque no hubiésemos encontrado personas con la mejor de las voluntades, humanidad y amor. Sino porque aun para ellos unidos junto a nosotros, es imposible de ir contra los famosos “reglamentos”, al menos dentro de la edad escolar de un niño. No les fue posible alojar y contener a nuestro niño. No en las condiciones necesarias, no tenían todo lo necesario en cuanto a recursos de toda índole. Principalmente la preparación de los docentes en cuanto a la diversidad, término muy trillado pero muy profundo desde mi punto de vista. Pero siguiendo por cantidad de adultos/niños, contenidos, flexibilidad, y un largo etcétera.

Así nos llega la noticia del unschooling. Comenzando cuarto grado. Y de repente, la utopía, con la que ni siquiera hubiésemos soñado, existía. Y además ya habían familias en Argentina que la estaban transitando.

Y ahí, luego de tomada la decisión: a leer…! a investigar, googleando, llamando por teléfono, via mail,  y todo lo que había a mi alcance. Por supuesto llevada por mi curiosidad, para responsablemente profundizar en el tema y aprender sobre el cómo. Y al optar por homeschooling, era relativamente un camino más o menos conocido para una mente escolarizada y ex docente como yo.

Pero ahí viene lo interesante, a Lu no le gustaba ni medio. Ojo que peor era volver al colegio, pero me di cuenta de que no era para mi familia ni para Lu. Y ahí dimos el gran paso: el unschooling. Ahí es donde nuestra historia y la de la familia del artículo que hoy me inspira, se separan.

Ese momento marca el comienzo del trabajo profundo: DESAPRENDER. Eso fue lo más difícil, y aun lo es. Porque todo concepto que traemos de nuestros ancestros, como muchos saben, es uno de los más difíciles de desarraigar. Es un término que encierra algo muy profundo, casi como si habláramos de nacer de nuevo. Sí, nacer de nuevo como mujer, como mamá, como persona, como madre de mis hijos mayores que ya están en edad adulta, como ciudadana argentina, como ser humano.

En ese desaprender conocimientos que están obsoletos, están incluidos: los intentos ( y a veces logros ) de alcanzar la nota requerida, la medalla, el muy bien 10, el que vaya a un campamento para luego saber que para él fue aburrido. Allí nadie se ocupó de mi hijo en ese sentido. También se lograba que finalmente vaya a algunas fiestas de cumpleaños en lugar de quedarse al calor del hogar si lo deseaba. En definitiva festejar “la aprobación” nuestra y de todos los integrantes de ese sistema, y por qué no de la sociedad en su totalidad.

Y hoy en día hemos superado una gran parte de ese camino. Se logró mucho. Pero puedo decirles que lo más grande que he aprendido, trabajado y hoy predico es la “aceptación”. Porque primero debemos aceptarlos nosotros, sus papás, sean como sean, hagan lo que hagan, tengan el diagnóstico que tengan. A partir de ahí el respeto, y luego, que hagan solamente aquello que les de placer. Y eso, por supuesto que da vértigo, pero les puedo asegurar que es muy gratificante para padres y creo que más para los niños.

Por supuesto que tenemos nuestros momentos…de cuestionarnos cuántas horas de compu, cuántas de sueño, pero también aprendimos que todo camino se hace al andar, y puedo asegurarles que cuando dejamos de poner el ojo en la mirada del otro, todo fluye naturalmente, y en forma más alegre y pacífica.

Y aquí estoy, leyendo artículos que me llegan y reflexionando, y poniéndome en los zapatos de esos protagonistas, riendo y llorando con ellos.

Pero además viendo cómo están arraigados en un “ser colectivo” todos los preconceptos de la educación tradicional. De esos que nos hacen poner felices cuando los niños y jóvenes ya no cuestionan. Nos alegramos cuando finalmente nuestro príncipe especial comienza a actuar parecido a los compañeros, y va “integrándose” a la manada que hace todo de la forma en que lo dice la “seño”, en el momento en que ella autoriza, todos calladitos, y sin salirse de la silla. Nos alegramos sin darnos cuenta de que todo eso los aleja de ser especial (pero especial bien, en la mejor de sus acepciones, como lo somos todos y el sistema se empeña en que dejemos de serlo) y se van volviendo como aquellos,  que nosotros, internamente percibimos como “mejores” o más listos. Y van perdiendo su impronta, su individualidad. Por supuesto lo hacemos guiados por nuestro perfeccionismo, nuestro querer pertenecer, nuestros preceptos ancestrales basados en la educación tal y como la conocemos hoy.

Yo pasé por lo que cuenta esa mamá, por eso la abrazo en luz.

Y me digo: qué bendición es la información. Porque gracias a ella es que nosotros seguimos el destino de la desescolarización, para alegría y paz de todos, pero principalmente del que más padecía el colegio, Lucca.

Hoy, ya no queremos que se pierda en la gran masa, porque eso no lo hacía feliz.

Hoy, queremos que haga lo que sienta, y que busque dentro de sí y no en nuestra mirada de aprobación.

Más o menos lo estamos logrando.

 

 

 

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